lunes, 12 de diciembre de 2016

R. Mi casa no son cuatro paredes...

Si de algo estoy cada vez más segura es que mi casa no son cuatro paredes, ni un sitio en concreto, ni tampoco es mi gente. Mi casa, en todo momento, es donde estoy ahora mismo. Y si me muevo, mi casa se viene.
Porque mi hogar soy yo y aunque he aprendido a no necesitar de nadie, no quiere decir que no estéis invitados a venir (incluso a quedaros), que no disfrute de vuestra compañía o que no me muera de ganas de daros en más de una ocasión un beso, un abrazo o simplemente de estar un rato hablando, riendo o compartiendo las penas, que de eso siempre tenemos alguna.
Desde ya jovenzuela, se veía que iba a volar lejos y no me refiero a alcanzar éxito, o hacerme rica, ni siquiera me refiero a viajar mucho, si no simplemente eso, volar. Volar y sentirme más de mi misma que de ningún sitio. Más mía que de nadie.
Antes pensaba que esta forma de vida, me iba a dejar sola. Cuando vuelas, dejas de acordarte tanto como deberías de las personas que importaban allí y eso no quiere decir que no pienses en ellas, o que no te mueres por volverlas a ver sino que necesitas crear nuevos círculos y tu tiempo se reparte entre más gente. Es sencillo, cuando te vas a otro lugar, no te sirven los besos y abrazos de whats app; necesitas a alguien cerca, con quien compartir cosas, o el mundo se vuelve una mierda. Y por desgracia, muchos de los cuales su casa está establecida entre cuatro paredes en algún sitio determinado o con esas personas, no lo entienden. No pueden entender cómo después de tanto, dejas de tener tiempo para ellos. Porque ellos siguen ahí, eres tú la que no sólo les deja sino que encima no es capaz de sacar tiempo para decirles un hola de vez en cuando o visitarles más a menudo. Y lo peor es que lo entiendo, aunque me duela perderos, pero tenéis toda la razón. Y aunque la distancia es la misma para visitaros yo, que para que vengáis vosotros, entiendo que soy yo la que abandona.
Pero es que aunque decidiera quedarme, dejar mi hogar allí, a mi esa vida no me sirve, y no porque considere que la mía sea mejor... muchas veces me gustaría ser feliz así, teniendo mi origen y volviendo a él cuando estoy triste o me siento mal, volver al calor del hogar, pero no me sirve. No podría ser feliz. Y aunque a veces me siento sola, he descubierto que nadie es imprescindible y me he dado cuenta de que cuando de verdad alguien entra en tu vida y decide quedarse, le da igual si estás aquí, allí, o de si le ves todos los días o hace dos años que no le ves.

Poco o poco he descubierto que hay un tipo de personas muy, muy raras que simplemente son felices estando contigo, que consideran que les aportas, y si no estás, pues continúan con sus vidas porque no te necesitan. No necesitan de nadie. Y te echan de menos, y saben que si un día te necesitan vas a estar ahí... pero entienden que no estés, entienden que no les escribas, pero saben que estás. Y creedme, esas son las personas que merecen la pena, a las que hay que aferrarse.
Además estas personas son curiosas por dos cosas: 
  1. En primer lugar porque para cada uno estás personas son diferentes. No nos sirven las mismas a todos. 
  2. La variedad sobre dónde encontrarlas, porque estas personas pueden haber estado presentes a lo largo de toda la vida, como por ejemplo tu familia, o aquella niña con la que jugabas en el recreo del colegio hasta que te pasaste a la universidad, o la que veías los fines de semana, algunos compañeros de voluntariado,... otras puede que las hayas conocido en un periodo de tu vida importante y hayas compartido mucho tiempo, como la compañera inseparable de universidad, o aquellos amigos del trabajo que aunque cambies de curro sigues hablando todas las semanas... e incluso hay otras, con las que apenas has compartido tiempo, con las que a penas has estado más de unas semanas, incluso días, pero que entran pisando fuerte y se quedan para siempre como por ejemplo ese al que intentas hacerle el lío para hacerle de una ong y dos años más tarde sin volver a verle acabas recorriendote de Norte a Sur una isla con él.

Y cada vez que me paro a pensarlo me doy cuenta de lo rica que soy, de la gran fortuna que tengo y de la suerte que me acompaña: porque ahora mismo tengo personas que sin importar cuándo, ni dónde, ni por qué... están ahí. Tengo personas a las que puedo llamarles después de no verlas en un año y al tomarnos un café que parezca que fuese ayer cuando estuvimos juntas, tengo gente que está dispuesta a abrirme su casa y que me ha abierto sus brazos cuando lo he necesitado, gente con la que quizás no estoy en meses pero que el abrazo que recibo al verles me llena tanto como la compañía diaria de otras personas en mi vida. Tengo gente con la que nunca es tarde para fumarme un piti si sabe que lo necesito. Gente que es capaz de mover cielo y tierra si sabe que necesito algo y está en sus manos el poder ayudarme. Tengo gente que aunque tampoco me escriba en meses, ni me pregunte cómo estoy, está. Tengo gente a la que conozco de tres días y está dispuesta a recorrerse un país conmigo. Tengo gente que no le puedo llamar amigo, porque esa palabra ya se me queda corta. 
Y aunque en realidad no necesite a nadie, y aunque en realidad no tenga a nadie, están. 
Están, y ESTOY. Que es lo que importa.

Y ahora vendría el momento de mencionarles, pero los que sin estar, están... y para los que sin estar, estoy; lo saben.

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